06. La elección


Buscando motivos para celebrar como quien busca perlas en los huevos de la gallina, la democracia se presenta otra vez, con su rostro demacrado por los años de abusos, carencias, excesos, violaciones y romances tormentosos.


Si en una época la democracia pudo parecer hermosa y atrapó a más de uno con su capacidad de seducción y las rejas de las penitenciarías, esa época ya pasó.
Evidentemente, sigue habiendo personas enjauladas por la ley. A lo que quiero referirme es, específicamente, a la capacidad de seducción. 


Puede ser algo en la ropa o en el maquillaje, tal vez está muy vieja o comienza a parecerse a un hombre llamado Tedio que se apellida Aburrimiento.
No me explico, y no me interesa explicarme... no me explico cuál es el sentido de la publicidad política y demás sistemas de derroche deliberado de recursos y productos industriales, entre otros.
¿No se supone que si uno ha conocido a un político por lo que hace, eso debería ser suficiente para evaluarlo y determinar que debe recibir el sagrado paquete que contiene las vidas de un montón de irresponsables que decidieron delegarlas a un cualquiera que un día se levantó con delirios mesiánicos y quiso hacerse cargo de las exigencias de varias toneladas de gente de poca prestancia e importancia?


¿Se supone que mi posición política va a cambiar por leer un volante o a un personaje de mediana edad sonriendo falsamente?
Aclaro que hablo de falsedad, que el entusiasta, que soy yo, habla de falsedad, no porque quiera decir que los discursos son falsos, cosa que es obvia, sino porque, tristemente, están posando para un volante que pretende dejar un grosero resumen en el basurero del inconsciente, si es que ese lugar existe y es un gran basurero, botadero, digamos, para señalar una vez más a la democracia y sus botantes.



En fin. Ella, la democracia, debería declararse pasada de moda. Es, evidentemente, una falta grave contra las normas de la higiene y el buen gusto. Otra cirugía plástica la dejaría irreconocible.


-¿Y qué es lo que propone usted?¡Criticar es muy fácil!- diría el defensor de lo ajeno.

-Si es tan fácil ¿por qué no lo está haciendo usted?

Está claro que a mi nadie me paga por proponer soluciones ni por hacer posible la vida de un montón de cristianos, derechistas ambidiestros. Si fuera por mi, les diría a todos que se fueran a dormir, tal vez para siempre.
Yo no trabajo para usted ni por usted, señor, es usted el que trabaja para mi y alimenta mis envidias hacia las personas que pueden ir con la frente en alto sin miedo a pisar mierda porque ya están acostumbrados al olor.
Qué fea se ha puesto la democracia. La verdad, nunca me pareció muy linda ni muy inteligente. Qué fea se ha puesto con esas pelucas. Qué triste es verla así, tan pobre, diciendo mentiras sobre que tiene mucho dinero. Ha perdido todos sus dientes y tiene las uñas largas y sucias. Pobre mujer, con esas tetas de plástico que no dan leche sino aceite para motor.


-¡Que alguien vista a esa mujer! ¡Es un espectáculo deprimente!- diría el moralista de barrio.

- ¡Cubran esa cosa!

No he logrado entender por qué las elecciones se ganan cuando todo el asunto se trata de pérdidas.
¿Cómo se puede ganar si cada vez hay menos cosas y más polvo?¿Qué es lo que ganan además del sueldo? ¿A quién le ganan si al final todos siguen ganándose ese sueldo?
Si tanto hablan de empleo, trabajen y cállense. No entiendo por qué el trabajo del político es hablar babas, hablar, hablar, hablar....


Tal vez lo que digo es irresponsable y está enraizado en el profundo desconocimiento de la realidad, en gran parte debido a la imposibilidad de ver televisión. Siendo esa la única referencia de la realidad posible para alguien con mi desidia informativa, me siento como un santo.
No les creo nada.
Entiendo que hay muchas personas a las que les gusta tener esperanzas y anhelos. Los podría llegar a entender. La pregunta que les haría es: ¿Por qué no las depositan en otra cosa?
Apuesten a los caballos, a las carreras de cucarachas, sean creativos. Por lo menos las cucarachas no cobran salarios astronómicos ni se hacen los próceres.


Lo único que rescato de la democracia es que conserva, además, su familiaridad con el azar. Es como asistir a un gran casino. Todo o nada... nada, generalmente.
Hay luces como en el casino, ruido como en el casino, dinero, como en el casino, y a posibilidad de perder la vida en la ruleta, como en el casino y la ruleta rusa.


Entiendo que la libertad de elegir los obligue a elegir. Elegir entre los elegidos, es tal vez el único recuerdo de que se es ciudadano de un campo de concentración.
Qué lindo, qué democrático habría sido que en los campos de exterminio se eligiera al oficial que atormentaba a los prisioneros, que en la prisión se eligiera al guardia que cierra con candado la celda hacinada.
Nos falta mucho por recorrer con la vieja democracia y ella ya no puede caminar más.
A los que todavía se compadecen, les recuerdo que ella misma nos ha enseñado a olvidarnos de mucha gente, a condenar a muerte, a despojar, desalojar, prohibir y castigar. Tal vez es hora de darle su merecido a esa vieja de una vez y dejarla a sus suerte.  Que los que quieran elegir, elijan y que cada uno trabaje para el patrón que eligió.
Yo, por lo pronto, voy a dormir.


05. La sonrisa


Además del frío, que demuestra sin pudor la misantropía de las circunstancias meteorológicas, la propaganda de los políticos logra hacer que no quiera salir más a la calle.
Personalmente, pienso que estas pandillas de desperdicio de recursos, entre los otros crímenes que cometen, diseñan los recorridos de sus  desfiles para no tener que pasar de vuelta por los basureros que arman a su paso.

Todo el día con sus campañas y sus comerciales de musiquita tierna con niños que cuidan la naturaleza embadurnados de pesticidas, con el estómago lleno de maquillaje y plásticos. Parece que la Naturaleza existiera sólo en la televisión.


De todas maneras, no pienso ser el abogado de la naturaleza porque creo que no lo necesite, claramente, menos de alguien que no se dedica a la defensa ni al cumplimiento de la leyes; sin olvidar que la naturaleza tiene las suyas propias y no se somete a las humanas.


Quiero que quede claro (Y esto lo digo entre paréntesis) que no digo 'nuestras' cuando me refiero a las leyes porque mías no son.
En fin.

- ¿Qué tiene que ver esto de las leyes y los políticos con la sonrisa?- preguntaría el típico inquisidor de escuela católica, siempre sonriente y dispuesto a sabotear  a los demás con su escepticismo cristiano, en el nombre de Dios.

-TODO- diría yo- todo tiene que ver con la maldita sonrisa.


Entiendo toda esa baba de que siempre es mejor que le sonrían a uno y no que lo amenacen y lo agredan. Lo que nadie puede decirme es que no se puede amenazar y agredir a alguien mientras se le sonríe.



-¿Y qué es lo que te molesta tanto de la sonrisa?- me preguntaría sonriendo cualquiera que va alegre por la vida, aunque sea un sicópata.

Lo que me molesta es que la sonrisa tenga que ver con las sumisión y no con la risa cruel y malévola que caracteriza al humor de primera categoría.



En mi caso, prefiero no reírme tampoco de lo que me hace reír, para no hacer  concesiones comprometedoras pero ese es otro tema.  


-¡Qué bonita sonrisa tienes!- se dice la gente que puede alardear con unos pares de dientes con los que mastica cereales transgénicos y que le costó a sus padres un dineral.

Salir a la calle y ver a los políticos necesitados sonriendo, me da nauseas y pocas ganas de sonreír.
La sonrisa, señores, se ha convertido en una acción política que debería ser eliminada por quien  disfruta la lucha paranoica contra el poder de las mayorías delegado a las minorías. Yo la he eliminado de mi repertorio de gestos. La sonrisa, en este momento, es un saludo nazi, es como persignarse, como decir Dios mío.

Nosotros, la gente del futuro. No podemos dejar que sobrevivan ese tipo de actos y justificarlos con el inconsciente: ¡Tenemos una responsabilidad!
Además de no tener una linda sonrisa, cosa que acepto y por la que culpo a una deficiente genética atrofiada por las circunstancias actuales, reconozco que tengo un problema personal con la sonrisa.
De ninguna manera quiero que nadie piense que lo voy a obligar a no sonreír. Eso, como todo, debería ser una decisión individual y, de todas maneras, no excluye la posibilidad de que no lo juzgue como juzgo, en mi fuero interior, a los que se persignan o tiran un 'dios mío' (como si también fuera de ellos) de vez en cuando.


Lo que pido o, por lo menos, lo que quiero que quede claro, es que sonreír en un gesto que compromete al individuo en las más pérfidas maneras de autohumillación entre las que se cuentan: sonreírle al jefe cuando en realidad se lo detesta, sonreírle a cualquier vecino al que en realidad se detesta o sonreír cuando cualquier cristiano cuenta uno de sus típicos chistes.


-¿Y por qué, de buenas a primeras, éste tipo se ha ensañado con los cristiano como si no tuvieran suficiente con serlo?- se preguntaría el defensor de los opresores.

- ¿Qué tiene que ver todo esto de la sonrisa con la discriminación en contra de los cristianos?

-Lo que tiene que ver es que los cristianos tiene el humor más horrible y aburrido de la historia- le respondería yo.

Que se hagan cargo.
¿Por creer en un fantasma no pueden reírse de nada? En fin. 
Esa sonrisita de la que tanto hablo es la que tienen los políticos, la sonrisa de católico, la que tiene Juan Pablo II en los videos cuando se ríe de un chiste pedorro contado por uno de sus sirvientes mojigatos, monaguillos de pacotilla.


Para colmo, además de los políticos, se sonríen todos los mamarrachos ampliados a tamaño de valla publicitaria que se venden para venderme a mí cosas que no puedo comprar.


-¡Hagan una publicidad que no me sonría a mi, genios! ¡Yo no quiero que me sonría un desconocido en la calle, exijo que retiren todo eso de MI VISTA!¡Tengo el derecho!

Sinceramente, yo no logro entender cómo alguien puede caer en eso. Deténganse por favor a mirarlos a los ojos porque todos tienen el descaro de mirar directo a la lente de la cámara para exponer su mirada al juicio público.
¿Realmente se ha detenido a mirar a los ojos a su político de pacotilla de cabecera o a aquel modelillo al que le confía la compra de la cena familiar?
¿No le parece un tanto grotesco?


Hoy, realmente, los invito a que nos olvidemos de esa tonta sonrisa que nos impuso la maestra de catequesis. Dense cuenta que ha pasado de moda, que sólo se sonríen los idiotas, los rateros, los criminales, los malos actores.
Si se van a reír que sea una risa malévola, que sea de burla, sincera. ¿Cómo es que un gesto claramente provocado por la hipocresía se asocia con la simpatía?¿Es que la simpatía y la hipocresía son la misma cosa? Y si sí ¿Por qué no dejamos de llamarlas con dos nombres diferentes?


No más sonrisitas, por favor, no voy a comprar nada, no tengo dinero.
Ahora, cada vez que un conocido me sonríe le huyo porque pienso que quiere venderme una enciclopedia, cobrarme una factura o que vote por él.
Si usted confía en la sonrisa, lo invito a que abra los ojos, no sólo metafóricamente. Le digo que reemplace el gesto, que en vez de sonreír abra los ojos, se chupe un dedo... sea creativo, sea libre de rabiar y amargarse porque es completamente legítimo.
Ha existido por décadas ese tonto lema de que la educación comienza en casa. Pues bien, edúquense, aprendan un nuevo control de esfínteres, una nueva civilización que no permitirá que los tomen nunca más por tarados.


Al que siga empeñado en sonreír, no lo voy a obligar a nada, como ya he dicho. Simplemente, le recuerdo que, aunque la vida en 'democracia y libertad de empresa' le dé muchos motivos para reír, esa es una forma de vida que se impone con un garrote y ese garrote es un enemigo natural de la sonrisa, es decir, de la dentadura.


Por último, espero haberles arrancado definitivamente la sonrisa y, espero, recuerden que todo esto es por el bien de ustedes.
El viejo Goebbels decía algo así como que- la propaganda sirve para que la gente aprenda a querer el gobierno por las buenas- astutamente, nunca fue muy explícito mencionando que hubiera otra forma de hacer que las personas amen a su gobierno: las malas.

Más vale sonreír.


04. La austeridad


Siempre me he creído un tipo austero, incluso cuando se habla de modestia. No logro entender cómo se les ocurre ahora a magnates y banqueros robarnos a los pobres lo único que nos quedaba para seguir siendo miserables con algo de dignidad.
Estoy hablando, por supuesto, de la austeridad.
Por primera vez, los habitantes de los continentes miserables vemos con ternura a quienes nos ultrajaron durante siglos, dándole la bienvenida a la pobreza y a la sencillez. 
Está muy claro ya por qué los más ricos pontifican con la austeridad del populacho.
Evidentemente, sin la austeridad del populacho no serían los más ricos.


Ahora, para todos debería estar claro que para todo hay un límite y, otra vez, me permito referirme a la austeridad. La austeridad debería tener un límite.
Hace años que la preciosa forma de vida que eligió la gente linda para nosotros, el populacho, no nos dejó ninguna posibilidad de soñar con un futuro de gloria y fortuna. Es, por lo menos, lo que creen ellos; lo que los motiva a seguir estando encima de nosotros con la cara dura y el estómago estreñido por los negocios.


Igual, que no se piensen los gloriosos y afortunados que lo que hizo que hubiéramos dejado de soñar con eso fue, en efecto, su victoria.
Lo que nos hizo dejar de soñar con ser como ellos es que nadie quiere ser como ellos.
No he conocido al primero que envidie a Bill Gates o a Carlos Slim, ni a la primera mujer (u hombre) que fantasee con ellos y no con sus billeteras.


Ellos no tienen más que billetes cochinos y envidia de los pobres que pueden comer grasa y tomar licor barato sin dejar de ser lo que son.  Los millonarios no tienen nada más que envidia y resentimiento que proyectan sobre nosotros.
Para soñar hay que estar dormido y, en este mundo asqueroso, inundado por el horrendo sonido del progreso, triste y afortunadamente, ya no se puede dormir más. Soñar tanto es nocivo e imposible, a esta altura...o bajeza, si se quiere.


El sonido del progreso va acompañado de discursos babosos y rotaciones de culos en sillas de maderas finas en las que suelen depositar sus acaudaladas posaderas, a través de las que fluye caviar y whisky importado, los más insignes prohombres y cenadores con C de cerdos, corruptos y cretinos.


De todas maneras, eso del sueño era una fantasía de ellos, de los triunfadores. Lo que nunca notaron es que nadie quiere ser como ellos. Nadie quiere ser como ellos, ni hablar como ellos, ni vestir como ellos. 


Mentira, tal vez sí lo notaron y por eso son como son: resentidos. Nunca se sabrá cuál es el móvil de su crimen pero se sabe que es un crimen; contra el buen gusto y contra la humanidad (si es que todavía jugamos a que eso existe )
Ya se habla suficiente de los triunfadores y de cuánto cuestan sus autos y sus mansiones y está claro que a nadie le importan ellos sino sus pertenencias.


Lo único cierto del dinero es que no se consigue a través de nada divertido y que anula a su dueño.
Los pobres también nos aburrimos, es cierto, pero no perdemos dinero por aburrirnos.

-¿A qué viene entonces toda esta indignación?- dirá el infaltable inquisidor que desde la sala de su casa tiembla de ganas de sabotearse a si mismo.

- La indignación viene a quedarse.

Si algo hay que agradecerles a las revistas de farándula y chismes, es que lograron meterse al culo del lobo y ver lo que hay adentro. Gracias a ellas pudimos ver de cerca las piletas vacías, las fuentes horrendas que nunca dejan de chorrear agua, los inmundos jardines que, con sus formas groseras, insultan a la naturaleza y, por supuesto, a las hermosas esposas con la expresión de la miseria borrada por costosas cirugías plásticas que se llaman así porque las dejan, precisamente, como si fueran de plástico, y a sus execrables retoños queriendo seguir los oscuros pasos de sus vendedores progenitores que les procuraron un futuro de triunfo mientras acababan con el nuestro, el del populacho.


Ahora, cuando nos lleguen con sus salvaciones y sus planes de austeridad, habrá que enseñarles a ser austeros rompiéndoles el mármol de la casa, los vidrios de los autos y sus caras operadas, enfrentando a sus perros vestidos de autoridad que ponen la propiedad privada por encima de la vida humana, cosa que no debería extrañarnos considerando que la han puesto antes por encima de cualquier cosa.
La austeridad,  siendo unos negociantes terroríficos y amigos de lo ajeno, nos la quisieron vender como nos vendieron la pobreza y la estupidez. El gran error que cometieron fue creerles a sus insignes maestros de Harvard y Yale que, a su vez, los estaban timando a ellos vendiéndoles la clave del éxito a cambio del éxito para sus programas institucionales.


Todo funcionó mientras dormimos y soñamos. Ahora, como he dicho, el horrible sonido del progreso no deja dormir ni soñar a nadie. El progreso también nos lo vendieron y salió caro y roto como mercancía importada. 
Ya no es posible soñar y los sueños se han transformado en pesadillas, en gran medida, gracias al botox y al bisturí en las manos de otros negociantes abanderados de la austeridad que reducen narices, arrugas, barrigas y tetas, a sus justas proporciones.


Con un sistema monetario en transformación constante en el que se puede pasar fácilmente de la riqueza a la pobreza y viceversa, los ricos dejaron de parecerlo y tuvieron que recurrir a las modificaciones corporales y las cámaras de bronceo para conquistar ese look extraterrestre que tanto cautiva a las billeteras inyectadas de colágeno hasta la sobredosis.

-Qué linda se oye la palabra austeridad pronunciada por unos labios inflados, medio paralizados de botulismo.


Ahora que la austeridad está de moda, propongo que ahorremos en gases lacrimógenos, en balas, en uniformes de policía, en botox, en cócteles, en licores importados, en condecoraciones, en salarios de dignatarios y diplomáticos, en almuerzos de trabajo y congresos internacionales.
Ya nos han enseñado a ser pobres, a ser imbéciles, incultos e ignorantes, a preocuparnos por ellos y por su vida que es tan aparatosa y tan poco interesante.
Ya han demostrado que tampoco les interesamos y que hasta de lo más bajo se han aprovechado para seguir disfrutando del derroche y el exceso de bronceador y tintura capilar.


Ahora que vienen con ese cuento de la austeridad, la de ellos, porque nosotros somos pobres y no austeros, habrá que darles la triste noticia de que eso, desafortunadamente, no lo vamos a poder comprar; no porque no queramos, porque como buenos esclavos sabemos obedecer lo que nos ordenan y convencernos de que nos gusta. La triste noticia la vamos a tener que dar porque el mundo se fue a la mierda para darle paso al progreso y, desafortunadamente, nos hemos quedado sin dinero para comprarles esa austeridad de la que tanto hablan.
Si nos dicen que se impone la austeridad, estando acostumbrados y resignados a ella desde hace siglos, tendremos que prepararnos, como mínimo, para los campos de exterminio.
No siendo más, quedan advertidos.

Nos vemos en las literas al estilo cajonera vestidos de piyama. Hasta entonces.


03. La libertad de elegir


Para la mayoría de nosotros, espero,  está bastante claro que ese cuento de la libertad es imposible.

-¿Cuál cuento?

-Touché

Acepto que la libertad es sólo una tonta palabra.
Lo más cercano a la libertad, es decir, lo más cercano a evadir los trabajos forzados que nos exigen los dueños de nuestra vida, es matarse.
Está claro que ninguno de nosotros se va a matar. No antes, por lo menos, de llevarse a algún individuo considerado digno de acompañarnos.
De todas formas, no busco referirme ni incitar al suicidio por miedo a las represalias que puedan tomar algunos padres de familia.


Nadie les va a dar ese gusto a los que viven de enterrar o cremar muertos; mucho menos, a los que viven de regalarlos a las escuelas de medicina. 

-¿Es que alguien quiere morir?- me diría un típico adicto al azúcar y al humo de autobús.



-No- le diría yo.

- Lo que sí creo es que  hay alguien que quiere que usted se muera.

Nos han quitado...

-¿Quiénes?

Ellos:




A nosotros:


Ellos nos han arrebatado la posibilidad de morir por decisión propia. 
Está muy claro para todos que la decisión, como la libertad, no existe.
Quiero explicar que la libertad de la que hablo no es la misma libertad de la que hablé, o sea, la que pregonan los agentes de escritorio que es la que no existe. Esa libertad, la que tiene que ver con la decisión de qué comprar con el salario (si es que se tiene uno), se la dejo a usted.




La especie humana, inventora de las especies y, por supuesto,  de la tétrica palabra HUMANO,  se ha venido a pensar dueña de un mundo que sólo ha podido nombrar a través de ese insulso sustantivo.
¿Qué es lo que se creen los que quieren cambiar el mundo?



-El mundo no se puede cambiar,  señores. Es tan grande que desaparecemos de la imagen cuando se lo mira desde fuera.

-Es como si las pulgas se sintieran dueñas del perro- diría un estudiante pulgoso de una escuela del tercer mundo.




- En el tercer mundo no hay escuelas para pulgosos a menos que sean perros- le respondería yo.

No entiendo de dónde creyeron que había sartén y que la tenían por el mango. La vida no es como freír un huevo aunque huela parecido.



Somos (y estamos) tan tristes que pensamos que es posible ensuciar el mundo, siendo el mundo el que nos ensució. Se nos metió por la boca, se deslizó a través de nuestras entrañas, se expulsó estreñidamente y alimentó a una hermosa planta transgénica que nos alimenta al desayuno.
No somos libres de nada. Ni siquiera de crear leyes. Las leyes verdaderas no están sometidas a un debate tan bajo como el debate humano.
Que el primer libre, liberado, liberal o neoliberal me diga si es libre de dejar de respirar o de no cortarse las uñas.
Se comprende entonces por qué los autodenominados  seres, tétricamente humanos, tal y como el infante alienado prefiere jugar al monopoly antes que arriesgar sus ahorros en la bolsa,  preferimos... prefieren, enfrentar problemas ficticios para no enfrentar un mundo que no quiere que lo enfrenten por parecerle estúpida toda la idea del enfrentamiento.



¿Cómo se puede enfrentar algo que no tiene frente?
Los ecologistas creen que pueden salvar algo y los que no se preocupan creen que pueden dañar algo.
El mundo no va a dejar de existir por que lo llenen de mierda.
El planeta va a ver cómo se ahogan ustedes y luego se va a secar al sol. Se va a secar al sol y no va a quedar naranja, como ustedes.


Paradójicamente, cuando yo hablo de libertad, estoy acercándome a la ley, a la ley, o las leyes verdaderas. 
Hay una ley, por ejemplo, que dice que si me doy tres martillazos fuertes en la cabeza voy a morir (en el mejor de los casos). Esa es una ley que no  pienso violar aunque usted trate de convencerme.
Si se trata de violar, preferiría violar a la virgen para que deje de ser tan amargada.
Las leyes de las que hablo son de hierro y son más inviolables que Margareth Thatcher, son las leyes de la vida, que es, en efecto, la misma vida que tanto defienden los asesinos pero con un poco más de mugre.
El resto, la democracia, las leyes de los trabajadores, las leyes de propiedad, las leyes que dicen que un policía puede pegarle a uno y las que dicen que uno no puede defenderse, son ilegítimas.
¿Qué tal si los que manejan el control remoto de los policías se rehusaran a ser violentos aunque la gente los provocara?¿No son libres de decidirlo?¿No defienden la libertad?
Todos se llenan la boca con el dichoso contrato social pero yo no vi a nadie firmándolo nunca ¿Quién les dijo que yo quería someterme a las leyes humanas? ¿Es que, según esas leyes, no soy libre de someterme a la ley de la rata o el paramecio?¿Tengo que obedecer esas leyes porque hay una ley al respecto?


Se supone que ese dios en el que creen los dejó ser libres. No entiendo por qué necesitan entonces a alguien que venga ponerse autoritario.

-¿Insinúa que la ley humana va en contra de la ley de dios?- preguntaría el periodista a punto de ser despedido.

-No creo en dios ni en los humanos, amigo, creo en el sueño y el hambre, a menos que no los sienta.

-¿Y a dónde apunta esta reflexión tan insulsa y estéril? ¿En qué parte aparece el supermercado?- diría el  estudiante rebelde.

La reflexión apunta hacia el mismo lugar que apuntaría no tenerla. Ese lugar es el supermercado. Allí se pone a prueba cualquier argumento contra la libertad.
Elijo entre leche descremada y grasas light; elijo y elijo hasta que gasto mi sueldo. Lo único que me da vueltas en la cabeza es que podía haber gastado ese dinero en lo que quisiera pero luego sé que no. No alcanzaría.


¿Qué más quieren entonces?
He estado reflexionando sobre la libertad de ustedes y me quedo bastante preocupado. Yo asumo, sin problema, que no soy libre porque, para mi,  no existe tal cosa. Lo más libre que se puede ser es seguir las leyes de la realidad, pero ustedes... ¿Qué será de ustedes sin su libertad?
Entiendo que ustedes, a diferencia mía, eligieron vivir como viven, trabajar, pagar impuestos, tener identificaciones, besarle el culo a la policía y al jefe y estar cómodos. Por eso les agradezco. Es culpa de ustedes, no mía. Yo no elegí esto.



Tanto hablar de libertad me recordó la leyenda de aquel campo de concentración.
"El trabajo os hará libres"



¿Libres de qué? 
Supongo que de la libertad misma, mis queridos. De la libertad de no trabajar.
Les aconsejo buscar  entonces, ya que están tan cómodos, la definición más próxima de campo de concentración y decirme si prefieren ser libres por las buenas o por las malas.

No se olviden de que tienen toda la libertad de elegir.