04. La austeridad


Siempre me he creído un tipo austero, incluso cuando se habla de modestia. No logro entender cómo se les ocurre ahora a magnates y banqueros robarnos a los pobres lo único que nos quedaba para seguir siendo miserables con algo de dignidad.
Estoy hablando, por supuesto, de la austeridad.
Por primera vez, los habitantes de los continentes miserables vemos con ternura a quienes nos ultrajaron durante siglos, dándole la bienvenida a la pobreza y a la sencillez. 
Está muy claro ya por qué los más ricos pontifican con la austeridad del populacho.
Evidentemente, sin la austeridad del populacho no serían los más ricos.


Ahora, para todos debería estar claro que para todo hay un límite y, otra vez, me permito referirme a la austeridad. La austeridad debería tener un límite.
Hace años que la preciosa forma de vida que eligió la gente linda para nosotros, el populacho, no nos dejó ninguna posibilidad de soñar con un futuro de gloria y fortuna. Es, por lo menos, lo que creen ellos; lo que los motiva a seguir estando encima de nosotros con la cara dura y el estómago estreñido por los negocios.


Igual, que no se piensen los gloriosos y afortunados que lo que hizo que hubiéramos dejado de soñar con eso fue, en efecto, su victoria.
Lo que nos hizo dejar de soñar con ser como ellos es que nadie quiere ser como ellos.
No he conocido al primero que envidie a Bill Gates o a Carlos Slim, ni a la primera mujer (u hombre) que fantasee con ellos y no con sus billeteras.


Ellos no tienen más que billetes cochinos y envidia de los pobres que pueden comer grasa y tomar licor barato sin dejar de ser lo que son.  Los millonarios no tienen nada más que envidia y resentimiento que proyectan sobre nosotros.
Para soñar hay que estar dormido y, en este mundo asqueroso, inundado por el horrendo sonido del progreso, triste y afortunadamente, ya no se puede dormir más. Soñar tanto es nocivo e imposible, a esta altura...o bajeza, si se quiere.


El sonido del progreso va acompañado de discursos babosos y rotaciones de culos en sillas de maderas finas en las que suelen depositar sus acaudaladas posaderas, a través de las que fluye caviar y whisky importado, los más insignes prohombres y cenadores con C de cerdos, corruptos y cretinos.


De todas maneras, eso del sueño era una fantasía de ellos, de los triunfadores. Lo que nunca notaron es que nadie quiere ser como ellos. Nadie quiere ser como ellos, ni hablar como ellos, ni vestir como ellos. 


Mentira, tal vez sí lo notaron y por eso son como son: resentidos. Nunca se sabrá cuál es el móvil de su crimen pero se sabe que es un crimen; contra el buen gusto y contra la humanidad (si es que todavía jugamos a que eso existe )
Ya se habla suficiente de los triunfadores y de cuánto cuestan sus autos y sus mansiones y está claro que a nadie le importan ellos sino sus pertenencias.


Lo único cierto del dinero es que no se consigue a través de nada divertido y que anula a su dueño.
Los pobres también nos aburrimos, es cierto, pero no perdemos dinero por aburrirnos.

-¿A qué viene entonces toda esta indignación?- dirá el infaltable inquisidor que desde la sala de su casa tiembla de ganas de sabotearse a si mismo.

- La indignación viene a quedarse.

Si algo hay que agradecerles a las revistas de farándula y chismes, es que lograron meterse al culo del lobo y ver lo que hay adentro. Gracias a ellas pudimos ver de cerca las piletas vacías, las fuentes horrendas que nunca dejan de chorrear agua, los inmundos jardines que, con sus formas groseras, insultan a la naturaleza y, por supuesto, a las hermosas esposas con la expresión de la miseria borrada por costosas cirugías plásticas que se llaman así porque las dejan, precisamente, como si fueran de plástico, y a sus execrables retoños queriendo seguir los oscuros pasos de sus vendedores progenitores que les procuraron un futuro de triunfo mientras acababan con el nuestro, el del populacho.


Ahora, cuando nos lleguen con sus salvaciones y sus planes de austeridad, habrá que enseñarles a ser austeros rompiéndoles el mármol de la casa, los vidrios de los autos y sus caras operadas, enfrentando a sus perros vestidos de autoridad que ponen la propiedad privada por encima de la vida humana, cosa que no debería extrañarnos considerando que la han puesto antes por encima de cualquier cosa.
La austeridad,  siendo unos negociantes terroríficos y amigos de lo ajeno, nos la quisieron vender como nos vendieron la pobreza y la estupidez. El gran error que cometieron fue creerles a sus insignes maestros de Harvard y Yale que, a su vez, los estaban timando a ellos vendiéndoles la clave del éxito a cambio del éxito para sus programas institucionales.


Todo funcionó mientras dormimos y soñamos. Ahora, como he dicho, el horrible sonido del progreso no deja dormir ni soñar a nadie. El progreso también nos lo vendieron y salió caro y roto como mercancía importada. 
Ya no es posible soñar y los sueños se han transformado en pesadillas, en gran medida, gracias al botox y al bisturí en las manos de otros negociantes abanderados de la austeridad que reducen narices, arrugas, barrigas y tetas, a sus justas proporciones.


Con un sistema monetario en transformación constante en el que se puede pasar fácilmente de la riqueza a la pobreza y viceversa, los ricos dejaron de parecerlo y tuvieron que recurrir a las modificaciones corporales y las cámaras de bronceo para conquistar ese look extraterrestre que tanto cautiva a las billeteras inyectadas de colágeno hasta la sobredosis.

-Qué linda se oye la palabra austeridad pronunciada por unos labios inflados, medio paralizados de botulismo.


Ahora que la austeridad está de moda, propongo que ahorremos en gases lacrimógenos, en balas, en uniformes de policía, en botox, en cócteles, en licores importados, en condecoraciones, en salarios de dignatarios y diplomáticos, en almuerzos de trabajo y congresos internacionales.
Ya nos han enseñado a ser pobres, a ser imbéciles, incultos e ignorantes, a preocuparnos por ellos y por su vida que es tan aparatosa y tan poco interesante.
Ya han demostrado que tampoco les interesamos y que hasta de lo más bajo se han aprovechado para seguir disfrutando del derroche y el exceso de bronceador y tintura capilar.


Ahora que vienen con ese cuento de la austeridad, la de ellos, porque nosotros somos pobres y no austeros, habrá que darles la triste noticia de que eso, desafortunadamente, no lo vamos a poder comprar; no porque no queramos, porque como buenos esclavos sabemos obedecer lo que nos ordenan y convencernos de que nos gusta. La triste noticia la vamos a tener que dar porque el mundo se fue a la mierda para darle paso al progreso y, desafortunadamente, nos hemos quedado sin dinero para comprarles esa austeridad de la que tanto hablan.
Si nos dicen que se impone la austeridad, estando acostumbrados y resignados a ella desde hace siglos, tendremos que prepararnos, como mínimo, para los campos de exterminio.
No siendo más, quedan advertidos.

Nos vemos en las literas al estilo cajonera vestidos de piyama. Hasta entonces.


03. La libertad de elegir


Para la mayoría de nosotros, espero,  está bastante claro que ese cuento de la libertad es imposible.

-¿Cuál cuento?

-Touché

Acepto que la libertad es sólo una tonta palabra.
Lo más cercano a la libertad, es decir, lo más cercano a evadir los trabajos forzados que nos exigen los dueños de nuestra vida, es matarse.
Está claro que ninguno de nosotros se va a matar. No antes, por lo menos, de llevarse a algún individuo considerado digno de acompañarnos.
De todas formas, no busco referirme ni incitar al suicidio por miedo a las represalias que puedan tomar algunos padres de familia.


Nadie les va a dar ese gusto a los que viven de enterrar o cremar muertos; mucho menos, a los que viven de regalarlos a las escuelas de medicina. 

-¿Es que alguien quiere morir?- me diría un típico adicto al azúcar y al humo de autobús.



-No- le diría yo.

- Lo que sí creo es que  hay alguien que quiere que usted se muera.

Nos han quitado...

-¿Quiénes?

Ellos:




A nosotros:


Ellos nos han arrebatado la posibilidad de morir por decisión propia. 
Está muy claro para todos que la decisión, como la libertad, no existe.
Quiero explicar que la libertad de la que hablo no es la misma libertad de la que hablé, o sea, la que pregonan los agentes de escritorio que es la que no existe. Esa libertad, la que tiene que ver con la decisión de qué comprar con el salario (si es que se tiene uno), se la dejo a usted.




La especie humana, inventora de las especies y, por supuesto,  de la tétrica palabra HUMANO,  se ha venido a pensar dueña de un mundo que sólo ha podido nombrar a través de ese insulso sustantivo.
¿Qué es lo que se creen los que quieren cambiar el mundo?



-El mundo no se puede cambiar,  señores. Es tan grande que desaparecemos de la imagen cuando se lo mira desde fuera.

-Es como si las pulgas se sintieran dueñas del perro- diría un estudiante pulgoso de una escuela del tercer mundo.




- En el tercer mundo no hay escuelas para pulgosos a menos que sean perros- le respondería yo.

No entiendo de dónde creyeron que había sartén y que la tenían por el mango. La vida no es como freír un huevo aunque huela parecido.



Somos (y estamos) tan tristes que pensamos que es posible ensuciar el mundo, siendo el mundo el que nos ensució. Se nos metió por la boca, se deslizó a través de nuestras entrañas, se expulsó estreñidamente y alimentó a una hermosa planta transgénica que nos alimenta al desayuno.
No somos libres de nada. Ni siquiera de crear leyes. Las leyes verdaderas no están sometidas a un debate tan bajo como el debate humano.
Que el primer libre, liberado, liberal o neoliberal me diga si es libre de dejar de respirar o de no cortarse las uñas.
Se comprende entonces por qué los autodenominados  seres, tétricamente humanos, tal y como el infante alienado prefiere jugar al monopoly antes que arriesgar sus ahorros en la bolsa,  preferimos... prefieren, enfrentar problemas ficticios para no enfrentar un mundo que no quiere que lo enfrenten por parecerle estúpida toda la idea del enfrentamiento.



¿Cómo se puede enfrentar algo que no tiene frente?
Los ecologistas creen que pueden salvar algo y los que no se preocupan creen que pueden dañar algo.
El mundo no va a dejar de existir por que lo llenen de mierda.
El planeta va a ver cómo se ahogan ustedes y luego se va a secar al sol. Se va a secar al sol y no va a quedar naranja, como ustedes.


Paradójicamente, cuando yo hablo de libertad, estoy acercándome a la ley, a la ley, o las leyes verdaderas. 
Hay una ley, por ejemplo, que dice que si me doy tres martillazos fuertes en la cabeza voy a morir (en el mejor de los casos). Esa es una ley que no  pienso violar aunque usted trate de convencerme.
Si se trata de violar, preferiría violar a la virgen para que deje de ser tan amargada.
Las leyes de las que hablo son de hierro y son más inviolables que Margareth Thatcher, son las leyes de la vida, que es, en efecto, la misma vida que tanto defienden los asesinos pero con un poco más de mugre.
El resto, la democracia, las leyes de los trabajadores, las leyes de propiedad, las leyes que dicen que un policía puede pegarle a uno y las que dicen que uno no puede defenderse, son ilegítimas.
¿Qué tal si los que manejan el control remoto de los policías se rehusaran a ser violentos aunque la gente los provocara?¿No son libres de decidirlo?¿No defienden la libertad?
Todos se llenan la boca con el dichoso contrato social pero yo no vi a nadie firmándolo nunca ¿Quién les dijo que yo quería someterme a las leyes humanas? ¿Es que, según esas leyes, no soy libre de someterme a la ley de la rata o el paramecio?¿Tengo que obedecer esas leyes porque hay una ley al respecto?


Se supone que ese dios en el que creen los dejó ser libres. No entiendo por qué necesitan entonces a alguien que venga ponerse autoritario.

-¿Insinúa que la ley humana va en contra de la ley de dios?- preguntaría el periodista a punto de ser despedido.

-No creo en dios ni en los humanos, amigo, creo en el sueño y el hambre, a menos que no los sienta.

-¿Y a dónde apunta esta reflexión tan insulsa y estéril? ¿En qué parte aparece el supermercado?- diría el  estudiante rebelde.

La reflexión apunta hacia el mismo lugar que apuntaría no tenerla. Ese lugar es el supermercado. Allí se pone a prueba cualquier argumento contra la libertad.
Elijo entre leche descremada y grasas light; elijo y elijo hasta que gasto mi sueldo. Lo único que me da vueltas en la cabeza es que podía haber gastado ese dinero en lo que quisiera pero luego sé que no. No alcanzaría.


¿Qué más quieren entonces?
He estado reflexionando sobre la libertad de ustedes y me quedo bastante preocupado. Yo asumo, sin problema, que no soy libre porque, para mi,  no existe tal cosa. Lo más libre que se puede ser es seguir las leyes de la realidad, pero ustedes... ¿Qué será de ustedes sin su libertad?
Entiendo que ustedes, a diferencia mía, eligieron vivir como viven, trabajar, pagar impuestos, tener identificaciones, besarle el culo a la policía y al jefe y estar cómodos. Por eso les agradezco. Es culpa de ustedes, no mía. Yo no elegí esto.



Tanto hablar de libertad me recordó la leyenda de aquel campo de concentración.
"El trabajo os hará libres"



¿Libres de qué? 
Supongo que de la libertad misma, mis queridos. De la libertad de no trabajar.
Les aconsejo buscar  entonces, ya que están tan cómodos, la definición más próxima de campo de concentración y decirme si prefieren ser libres por las buenas o por las malas.

No se olviden de que tienen toda la libertad de elegir.

02. El viaje espacial


Reconozco que los seres humanos, además de pensar que eso de ser humano puede significar algo diferente a llevar peinados ridículos, zapatos deportivos y llaveros en los bolsillos, son criaturas feas y muy aburridas.
Los seres humanos son tan aburridos que no logran inventarse una proyección utópica de ellos mismos que no cargue con el pesado lastre de la rutina y de su apariencia grotesca.


Existe una tonta teoría que afirma que los extraterrestres son ángeles, seguramente, rollizos niños desnudos o terriblemente vestidos. En esa teoría,  los ángeles se interesan por las almas de cualquiera porque quieren ganar una apuesta que tienen con los demonios que también vendrían a ser extraterrestres. 


Yo, su filósofo de supermercado de cabecera, les anuncio que me quedo con esa y con todas las teorías a la vez por ser un tipo abierto.
Sinceramente, recomiendo ir despacio por el camino más fácil.
En nuestro caso, por razones que trataré de explicar en un momento, el camino fácil es el de creer en los extraterrestres, como muchos venían sospechando ¿Qué problema hay?
Por alguna razón, en nuestra era, la era del escepticismo científico/comercial y la ciega creencia en las ciencias como la física especulativa y la economía, se nos permite mezclar favorablemente la teoría de los ángeles con la de la conspiración, la de los nazis y la del área 51.
La fe en la ciencia y, por supuesto, la nunca caduca pero sí inexplicable actividad de tirar basura al espacio, o gente, en el peor de los casos, no cesan y están terriblemente mal enfocadas.


Con tantas películas estúpidas y siniestros espaciales, la humanidad debería haber llegado a la madurez espacial hace años. Debería haberse enterado de que, antes de llegar a hacer algo significativo en el espacio, iba a acabar con el planeta del que planeaba (y planea) irse. Ese planeta, que además no es suyo, es la única nave espacial que funcionaba, por lo menos hasta que algún genio decidió intervenir con sus palancas, ecuaciones y garrotes.
Lejano del culto al dinero, cosa que no se contradice con que mi filosofía sea de supermercado, siendo que la única forma de valorar y desear los productos del supermercado es no teniendo acceso a ellos, me refiero a él, al dinero, porque no entiendo cómo son capaces de hacernos pensar a los incautos clientes del supermercado, vilmente encerrados en pasillos de salsas y productos de aseo, que mandar al espacio una caja llena de fierros carísimos es importante para nosotros, para LA HUMANIDAD.
¿Y qué es lo que es la humanidad? ¿Cuál es? ¿La que tala bosques para jugar golf o la que juega golf para ayudar a los pobres y a los bosques?


¿Es a caso la misma humanidad que enlata atunes y que pinta árboles sobre madera la que necesita tanta atención?

-Con ese cuento de la humanidad no me van a timar a mí- grito de vez en cuando. 

-Me timaron con otros cuentos antes pero, como grité hace un instante, con ese no. Por la humanidad no doy un centavo, no vale nada y yo, de todas formas, no tengo plata.

En este mundo lo único que vale realmente es irse a otro mundo. Desde Cristo Jesús hasta el finado y no resucitado John F. Kennedy, todos, como buenos seres humanos, hemos deseado siempre largarnos de este mundo.
¿Habría que hacerse una pregunta?
Claro que sí. La pregunta es: ¿Por qué nos tenemos que ir nosotros?
¡Que se vayan ellos!
Que se vayan todos a casarse entre ellos y que le quiten a Marte esa horrible imagen bélica que tiene. Que le den una imagen positiva convirtiéndolo en lo que debería ser y en lo que, si no lo ha notado,  ya es la Tierra, la mugrosa Tierra.

-Que alguien les diga que conviertan a Marte en un gran campo de golf- eso es lo que digo.

Que se vayan todos a dar vueltas en sus carritos, a seguir una pelota. Que ganen muchos partidos, todos los partidos. Que Marte sea el planeta donde su sueño de vivir sin pobres sea posible.
¡Que lindo se debe ver el sol desde Marte! ¡Qué lindos atardeceres debe haber en Marte! !Váyanse a Marte y dejen, de una vez, este lugar horrible lleno de mosquitos, gente pobre y malos olores!


Sé que para nosotros, los perdedores, va a ser difícil reponernos de la partida de la gente más importante, de los que hacen que la humanidad sea más humana.
Tal vez no habría que hablar todo el tiempo y habría un poco de silencio si se largaran todos, si se largaran ellos, los que todo el día maquinan mensajes para convencernos de que les preocupamos más que sus cuentas bancarias, de que nos conocen aunque no seamos ni siquiera un dígito de la enorme cantidad de ceros que tienen en la cabeza porque nadie sería capaz, me atrevo a decir que ni siquiera el mismísimo dios (que debe andar ocupado haciendo otro planeta para hacer establos y galpones) de confirmar si los cálculos, si cualquier cálculo, es real.
A propósito del satélite y de permitir que la NASA siga pagándoles a un montón de nerds resentidos que se empaquen en los bolsillos presupuestos groseramente obesos, yo, para no parecer uno de esos conservadores y no lanzarme contra la tecnología, pediría que hagan útiles esos lanzamientos.


Es verdad que a nadie le importa saber sobre el clima ni sobre qué tan limpia está el agua. Es más que evidente que toda está sucia. Mi propuesta es que manden esos cohetes llenos de los más ricos y famosos, de los magnates y las vedettes. Denles todos los lujos, gasten todo el presupuesto, atragántense de manjares y licores caros. 
Nosotros, los perdedores, estamos dispuestos a darles todo con tal de que se vayan a cumplir su sueño de estar con la gente linda.
Déjennos a los ordinarios en este planeta cochino con las ratas y las palomas. Váyanse al espacio a hablar de teatro de vanguardia y de finanzas clásicas.  
Por lo único que abogo yo es porque no haya nave sin tripulantes y que todas sean cruceros de lujo. Por ese petróleo que queman esos cohetes para salir de la puerca atmósfera terrestre, han muerto miles de anónimos pobres que estamos dispuestos a olvidar con tal de que no vuelvan a lanzar un solo cohete que no esté lleno de modelos, diseñadores de modas, dignatarios, primeras damas, primeros ministros, chupamedias supremos y lobbistas de guerra.
Antes lanzaban piedras y maldiciones al cielo, ahora satélites.


Nada está mal con lanzar piedras mientras rompan la cabeza a la que se apuntó y mientras eso genere paz y sosiego espiritual. Tampoco está mal lanzar satélites siempre que: 

a) Estén llenos de gente indeseable.

b) Vayan dirigidos a la casa blanca, el pentágono o la sede de las naciones unidas.

Sé muy bien que el espacio no merece ser contaminado de una forma tan execrable pero, en este punto, hay que preocuparse por el propio cuero.




01. El don de la vida y el condón de la muerte


El día de hoy, con preocupación, me dirijo a ustedes para denunciar lo que ya ha sido denunciado pero no lo ha sido hasta la saciedad.

-¿Quién es juez o autoridad para decir el punto exacto de la saciedad?- me dijo una señora que compraba un numero sospechoso de bizcochos en el supermercado.

¿Cuántos pasteles se supone que debe comer la señora?


Convendremos en que debería llegar viva a la saciedad, para dejar de hablar de la sociedad que es anónima y aburrida.
Apoyado en un argumento como el que di anteriormente, desnudo de todo sentido y estilo, me apoyo en el argumento menos propenso a fallar y afirmo entonces, como cualquier político de pacotilla, que tener buenos argumentos no es importante para opinar.

-Entendiendo qué tan necesario es lavarse el cerebro, por lo menos una vez a la semana. Por supuesto, hay que brillar muy bien la superficie cerebral con papel de diario (preferiblemente de derechas).

Aclaro: pienso cosas así en situaciones de presión social en las que, al parecer, más que como un ignorante o un desposeído sin acceso a bienes tan básicos como un receptor de televisión, puedo ser visto por los demás como un miembro despreciable de la sociedad.

-Es un gasto innecesario de recursos- pienso  hacia mis adentros, justificando mi desidia informativa en un propósito hipócrita de cuidar el planeta que habita la especie que más odio, o sea, la gente.

-¿Es que nunca han pensado en reutilizar los periódicos? Siempre dan novedades sobre los mismos personajes haciendo lo mismo- pienso temerosamente mientras busco las tiras cómicas.

Siempre se habla de la vida y de la política pero la vida se queda ahí, en las tintas y en la televisión. El periódico, como nada, es la vida a medias tintas.
Abrumado por cuánto me aburre estar informado, salgo a pasear para llenarme los pulmones de humo diesel y premium, como mandan las leyes contra el consumo de tabaco.
Es entonces que me doy cuenta de que hay algo más grave que estar informado y atrapado en las redes sociales. Eso es estar atrapado en las redes sexuales. Digo redes, no porque pretenda hablar mal del sexo (actividad saludable a menos que se practique de la manera equivocada que es, por supuesto, la correcta, tradicional y cristiana). Lo digo porque el sexo, ingenuo y lleno de mojigatería, puede terminar en patologías tan perjudiciales como el embarazo. 


Cuando salgo a pasear, veo una cantidad de embarazos alarmante. No me explico bajo qué clase de criterio irresponsable, un par de jovenzuelos menos informados que yo tienen el derecho, he dicho EL DERECHO, de determinar el futuro de una criatura inocente que no pidió nacer y que agradecerá el haber nacido, despreciando a su madre verdadera, la muerte, por honrar a quien arbitrariamente le impuso el DEBER de la vida.
No nacer debería ser una libertad como también morir cuando uno lo decide.

-"Morir no es un delito"- dije entre comillas.

Se preocupan demasiado por la vida, sobre todo, por la propia. Se preocupan demasiado por convencernos de que la vida de ellos es un regalo porque se están burlando de nosotros aunque, al final, pierdan su vida preocupándose.


Estamos obligados a estar vivos, no felices o limpios. A los muertos no los pueden asustar ni obligarlos a comprar productos para adelgazar ¿O sí? 
La ciencia, definitivamente, se ha comportado como la mejor amiga de la estupidez.



Por otro lado, la muerte sólo se da a quien no la quiere o no la busca, como la vida. Todo se recibe a manera de castigo: la vida y la muerte. Así lo quiso dios. Toda la vida nos cuentan historias de terror sobre la muerte para que no vivamos ni muramos en paz. Ni los suicidas mueren plenamente. Hay demasiado drama, demasiados lloriqueos... 

-Descansando en paz, viendo televisión en paz, es como debería estar ahora- pienso cuando camino, ahogado en humo negro.

La vida y la información están en la televisión. En la vida sólo hay humo de automóvil y viejas comiendo bizcochos. 
Ahora saben, por ejemplo, que los celulares producen cáncer ¿Quién lo sabe? No sé pero por algo tenían que llamarse así: celulares. Informados o no, nadie botó el suyo a la basura. 
El dato alegre de todo esto es que las ondas electromagnéticas están tan cerca de la pelvis, pedestal de computadoras portátiles y receptáculo de desperdicios derivados de la telefonía celular, que lograrán cambiar paulatinamente el aparato reproductor por una central de comunicaciones u antena repetidora.
¿A quién le importa tener un tumor en el cerebro? Nadie tiene cabeza para pensar en eso cuando hay que pagar por los servicios que uno, por supuesto, debe prestarles a las empresas prestadoras de servicios.


Todos tenemos cáncer, sin ninguna duda, además de los ojos cansados de leer pantallas luminosas. Lo bueno, como decía, es que eso logró que paulatinamente se  esterilice a la gente con su consentimiento, a través de la necesidad de estar disponibles en todo momento. Luego dirán que no quieren procrear, o que sí. A fin de cuentas ¿ qué es peor para la humanidad?

- Yo diría que, según lo que dice, lo peor es la humanidad misma - respondió la vieja de los bizcochos.


El tema que seguramente, debido a que toda filosofía de supermercado tiene que aparentar un tono críptico y profundo, ha quedado confundido entre semejante maraña de desinformación, es que hay una parte mayoritaria de la tribu urbana que se hace llamar la sociedad que está completamente en contra de eso que los optimistas llaman dignidad.

-Un suicida debería ir a la cárcel. Por lo menos para que allí tenga motivos para matarse- masticó la señora.

El suicida, como quien es obligado a vivir, es empujado hacia la imposibilidad de tener algún tipo de dignidad.
Es cierto que existe todo ese discurso que trata de dignificar lo que uno no quisiera hacer. El trabajo ajeno dignifica. De eso podemos extraer que la dignidad es posible cuando uno es puesto en el lugar del indignado. Solo es digno aquel que ha perdido su dignidad.
Cristianamente, los indignos se indignan y los humildes se humillan.


Es así que la muerte se declara un delito. La propia muerte y la de los demás, por supuesto.
La muerte es, claramente, un delito contra la propiedad porque nadie tiene derecho a quitarle la vida a los esclavos que somos todos a menos, claro, que sea el amo quien tome la decisión.

-¿Comeríamos con el mismo placer un corte de una vaca suicida?- fue una pregunta que me quitó el sueño. 

El placer de la carne está en que uno se come a alguien que no quiere morir ¿no es así?
¿Por qué no alimentarse entonces de abortos y suicidas?
Apuesto a que la mayoría de los que se asquean con mi no tan modesta propuesta, no desprecian una salchicha.
Siendo sinceros, esa sería una buena forma de acabar con los pobres, perdón, con la pobreza. Habría que comérselos, digo, comérsela. Matarlos en cacería, digo, matarla como hace la realeza, y comérselos.
Tendría que ser antes de que se coman a la clase media y a los ricos que viven en Mónaco porque son unos salvajes caníbales y no merecen vivir.
Los amantes de la vida cocinarían muy bien la carne, limpiándola de impurezas y bacterias. 


Estando informados peleamos por la vida mientras se la entregamos a estar informados, a la información. La vida no es un regalo, cuesta y es cara. 
La vida es una obligación y se necesita la vida entera para pagarla. La vida está hipotecada desde el origen. La perdimos o nunca la tuvimos. Como sea, es imposible de recuperar, a diferencia de la muerte.
Por la imposibilidad de una vida y una muerte dignas, a este paso, la muerte es la única posibilidad de resistencia que queda... por lo menos hasta que la patente Monsanto y haya que pagar por ella. Ya vendrá el genio que quiera cobrarla, viendo que se está usando tanto.
Lo único que nos consuela es que la vida, tanto como la muerte,  es un delito en el que es imposible reincidir.