04. La austeridad


Siempre me he creído un tipo austero, incluso cuando se habla de modestia. No logro entender cómo se les ocurre ahora a magnates y banqueros robarnos a los pobres lo único que nos quedaba para seguir siendo miserables con algo de dignidad.
Estoy hablando, por supuesto, de la austeridad.
Por primera vez, los habitantes de los continentes miserables vemos con ternura a quienes nos ultrajaron durante siglos, dándole la bienvenida a la pobreza y a la sencillez. 
Está muy claro ya por qué los más ricos pontifican con la austeridad del populacho.
Evidentemente, sin la austeridad del populacho no serían los más ricos.


Ahora, para todos debería estar claro que para todo hay un límite y, otra vez, me permito referirme a la austeridad. La austeridad debería tener un límite.
Hace años que la preciosa forma de vida que eligió la gente linda para nosotros, el populacho, no nos dejó ninguna posibilidad de soñar con un futuro de gloria y fortuna. Es, por lo menos, lo que creen ellos; lo que los motiva a seguir estando encima de nosotros con la cara dura y el estómago estreñido por los negocios.


Igual, que no se piensen los gloriosos y afortunados que lo que hizo que hubiéramos dejado de soñar con eso fue, en efecto, su victoria.
Lo que nos hizo dejar de soñar con ser como ellos es que nadie quiere ser como ellos.
No he conocido al primero que envidie a Bill Gates o a Carlos Slim, ni a la primera mujer (u hombre) que fantasee con ellos y no con sus billeteras.


Ellos no tienen más que billetes cochinos y envidia de los pobres que pueden comer grasa y tomar licor barato sin dejar de ser lo que son.  Los millonarios no tienen nada más que envidia y resentimiento que proyectan sobre nosotros.
Para soñar hay que estar dormido y, en este mundo asqueroso, inundado por el horrendo sonido del progreso, triste y afortunadamente, ya no se puede dormir más. Soñar tanto es nocivo e imposible, a esta altura...o bajeza, si se quiere.


El sonido del progreso va acompañado de discursos babosos y rotaciones de culos en sillas de maderas finas en las que suelen depositar sus acaudaladas posaderas, a través de las que fluye caviar y whisky importado, los más insignes prohombres y cenadores con C de cerdos, corruptos y cretinos.


De todas maneras, eso del sueño era una fantasía de ellos, de los triunfadores. Lo que nunca notaron es que nadie quiere ser como ellos. Nadie quiere ser como ellos, ni hablar como ellos, ni vestir como ellos. 


Mentira, tal vez sí lo notaron y por eso son como son: resentidos. Nunca se sabrá cuál es el móvil de su crimen pero se sabe que es un crimen; contra el buen gusto y contra la humanidad (si es que todavía jugamos a que eso existe )
Ya se habla suficiente de los triunfadores y de cuánto cuestan sus autos y sus mansiones y está claro que a nadie le importan ellos sino sus pertenencias.


Lo único cierto del dinero es que no se consigue a través de nada divertido y que anula a su dueño.
Los pobres también nos aburrimos, es cierto, pero no perdemos dinero por aburrirnos.

-¿A qué viene entonces toda esta indignación?- dirá el infaltable inquisidor que desde la sala de su casa tiembla de ganas de sabotearse a si mismo.

- La indignación viene a quedarse.

Si algo hay que agradecerles a las revistas de farándula y chismes, es que lograron meterse al culo del lobo y ver lo que hay adentro. Gracias a ellas pudimos ver de cerca las piletas vacías, las fuentes horrendas que nunca dejan de chorrear agua, los inmundos jardines que, con sus formas groseras, insultan a la naturaleza y, por supuesto, a las hermosas esposas con la expresión de la miseria borrada por costosas cirugías plásticas que se llaman así porque las dejan, precisamente, como si fueran de plástico, y a sus execrables retoños queriendo seguir los oscuros pasos de sus vendedores progenitores que les procuraron un futuro de triunfo mientras acababan con el nuestro, el del populacho.


Ahora, cuando nos lleguen con sus salvaciones y sus planes de austeridad, habrá que enseñarles a ser austeros rompiéndoles el mármol de la casa, los vidrios de los autos y sus caras operadas, enfrentando a sus perros vestidos de autoridad que ponen la propiedad privada por encima de la vida humana, cosa que no debería extrañarnos considerando que la han puesto antes por encima de cualquier cosa.
La austeridad,  siendo unos negociantes terroríficos y amigos de lo ajeno, nos la quisieron vender como nos vendieron la pobreza y la estupidez. El gran error que cometieron fue creerles a sus insignes maestros de Harvard y Yale que, a su vez, los estaban timando a ellos vendiéndoles la clave del éxito a cambio del éxito para sus programas institucionales.


Todo funcionó mientras dormimos y soñamos. Ahora, como he dicho, el horrible sonido del progreso no deja dormir ni soñar a nadie. El progreso también nos lo vendieron y salió caro y roto como mercancía importada. 
Ya no es posible soñar y los sueños se han transformado en pesadillas, en gran medida, gracias al botox y al bisturí en las manos de otros negociantes abanderados de la austeridad que reducen narices, arrugas, barrigas y tetas, a sus justas proporciones.


Con un sistema monetario en transformación constante en el que se puede pasar fácilmente de la riqueza a la pobreza y viceversa, los ricos dejaron de parecerlo y tuvieron que recurrir a las modificaciones corporales y las cámaras de bronceo para conquistar ese look extraterrestre que tanto cautiva a las billeteras inyectadas de colágeno hasta la sobredosis.

-Qué linda se oye la palabra austeridad pronunciada por unos labios inflados, medio paralizados de botulismo.


Ahora que la austeridad está de moda, propongo que ahorremos en gases lacrimógenos, en balas, en uniformes de policía, en botox, en cócteles, en licores importados, en condecoraciones, en salarios de dignatarios y diplomáticos, en almuerzos de trabajo y congresos internacionales.
Ya nos han enseñado a ser pobres, a ser imbéciles, incultos e ignorantes, a preocuparnos por ellos y por su vida que es tan aparatosa y tan poco interesante.
Ya han demostrado que tampoco les interesamos y que hasta de lo más bajo se han aprovechado para seguir disfrutando del derroche y el exceso de bronceador y tintura capilar.


Ahora que vienen con ese cuento de la austeridad, la de ellos, porque nosotros somos pobres y no austeros, habrá que darles la triste noticia de que eso, desafortunadamente, no lo vamos a poder comprar; no porque no queramos, porque como buenos esclavos sabemos obedecer lo que nos ordenan y convencernos de que nos gusta. La triste noticia la vamos a tener que dar porque el mundo se fue a la mierda para darle paso al progreso y, desafortunadamente, nos hemos quedado sin dinero para comprarles esa austeridad de la que tanto hablan.
Si nos dicen que se impone la austeridad, estando acostumbrados y resignados a ella desde hace siglos, tendremos que prepararnos, como mínimo, para los campos de exterminio.
No siendo más, quedan advertidos.

Nos vemos en las literas al estilo cajonera vestidos de piyama. Hasta entonces.


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