Siempre me he creído un tipo austero, incluso cuando se habla
de modestia. No logro entender cómo se les ocurre ahora a magnates y banqueros
robarnos a los pobres lo único que nos quedaba para seguir siendo miserables
con algo de dignidad.
Estoy hablando, por supuesto, de la austeridad.
Por primera vez, los habitantes de los continentes miserables
vemos con ternura a quienes nos ultrajaron durante siglos, dándole la
bienvenida a la pobreza y a la sencillez.
Está muy claro ya por qué los más ricos pontifican con la
austeridad del populacho.
Evidentemente, sin la austeridad del populacho no serían los
más ricos.
Ahora, para todos debería estar claro que para todo hay un
límite y, otra vez, me permito referirme a la austeridad. La austeridad debería
tener un límite.
Hace años que la preciosa forma de vida que eligió la gente
linda para nosotros, el populacho, no nos dejó ninguna posibilidad de soñar con
un futuro de gloria y fortuna. Es, por lo menos, lo que creen ellos; lo que los
motiva a seguir estando encima de nosotros con la cara dura y el estómago
estreñido por los negocios.
Igual, que no se piensen los gloriosos y afortunados que lo
que hizo que hubiéramos dejado de soñar con eso fue, en efecto, su victoria.
Lo que nos hizo dejar de soñar con ser como ellos es que nadie
quiere ser como ellos.
No he conocido al primero que envidie a Bill Gates o a
Carlos Slim, ni a la primera mujer (u hombre) que fantasee con ellos y no con sus
billeteras.
Ellos no tienen más que billetes cochinos y envidia de los
pobres que pueden comer grasa y tomar licor barato sin dejar de ser lo que son. Los millonarios no tienen nada más que envidia y
resentimiento que proyectan sobre nosotros.
Para soñar hay que estar dormido y, en este mundo asqueroso,
inundado por el horrendo sonido del progreso, triste y afortunadamente, ya no
se puede dormir más. Soñar tanto es nocivo e imposible, a esta altura...o
bajeza, si se quiere.
El sonido del progreso va acompañado de discursos babosos y
rotaciones de culos en sillas de maderas finas en las que suelen depositar sus
acaudaladas posaderas, a través de las que fluye caviar y whisky importado, los
más insignes prohombres y cenadores con C de cerdos, corruptos y cretinos.
De todas maneras, eso del sueño era una fantasía de ellos,
de los triunfadores. Lo que nunca notaron es que nadie quiere ser como ellos.
Nadie quiere ser como ellos, ni hablar como ellos, ni vestir como ellos.
Mentira, tal vez sí lo notaron y por eso son como son: resentidos. Nunca
se sabrá cuál es el móvil de su crimen pero se sabe que es un crimen; contra el
buen gusto y contra la humanidad (si es que todavía jugamos a que eso existe )
Ya se habla suficiente de los triunfadores y de cuánto
cuestan sus autos y sus mansiones y está claro que a nadie le importan ellos
sino sus pertenencias.
Lo único cierto del dinero es que no se consigue a través de
nada divertido y que anula a su dueño.
Los pobres también nos aburrimos, es cierto, pero no
perdemos dinero por aburrirnos.
-¿A qué viene entonces toda esta indignación?- dirá el
infaltable inquisidor que desde la sala de su casa tiembla de ganas de
sabotearse a si mismo.
- La indignación viene a quedarse.
Si algo hay que agradecerles a las revistas de farándula y
chismes, es que lograron meterse al culo del lobo y ver lo que hay adentro.
Gracias a ellas pudimos ver de cerca las piletas vacías, las fuentes horrendas
que nunca dejan de chorrear agua, los inmundos jardines que, con sus formas
groseras, insultan a la naturaleza y, por supuesto, a las hermosas esposas con
la expresión de la miseria borrada por costosas cirugías plásticas que se
llaman así porque las dejan, precisamente, como si fueran de plástico, y a sus
execrables retoños queriendo seguir los oscuros pasos de sus vendedores
progenitores que les procuraron un futuro de triunfo mientras acababan con el
nuestro, el del populacho.
Ahora, cuando nos lleguen con sus salvaciones y sus planes de
austeridad, habrá que enseñarles a ser austeros rompiéndoles el mármol de la
casa, los vidrios de los autos y sus caras operadas, enfrentando a sus perros
vestidos de autoridad que ponen la propiedad privada por encima de la vida
humana, cosa que no debería extrañarnos considerando que la han puesto antes
por encima de cualquier cosa.
La austeridad,
siendo unos negociantes terroríficos y amigos de lo ajeno, nos la
quisieron vender como nos vendieron la pobreza y la estupidez. El gran error
que cometieron fue creerles a sus insignes maestros de Harvard y Yale que, a su
vez, los estaban timando a ellos vendiéndoles la clave del éxito a cambio del
éxito para sus programas institucionales.
Todo funcionó mientras dormimos y soñamos. Ahora, como he
dicho, el horrible sonido del progreso no deja dormir ni soñar a nadie. El
progreso también nos lo vendieron y salió caro y roto como mercancía
importada.
Ya no es posible soñar y los sueños se han transformado en
pesadillas, en gran medida, gracias al botox y al bisturí en las manos de otros
negociantes abanderados de la austeridad que reducen narices, arrugas, barrigas
y tetas, a sus justas proporciones.
Con un sistema monetario en transformación constante en el
que se puede pasar fácilmente de la riqueza a la pobreza y viceversa, los ricos
dejaron de parecerlo y tuvieron que recurrir a las modificaciones corporales y
las cámaras de bronceo para conquistar ese look extraterrestre que tanto
cautiva a las billeteras inyectadas de colágeno hasta la sobredosis.
-Qué linda se oye la palabra austeridad pronunciada por unos
labios inflados, medio paralizados de botulismo.
Ahora que la austeridad está de moda, propongo que ahorremos
en gases lacrimógenos, en balas, en uniformes de policía, en botox, en
cócteles, en licores importados, en condecoraciones, en salarios de dignatarios
y diplomáticos, en almuerzos de trabajo y congresos internacionales.
Ya nos han enseñado a ser pobres, a ser imbéciles, incultos
e ignorantes, a preocuparnos por ellos y por su vida que es tan aparatosa y tan
poco interesante.
Ya han demostrado que tampoco les interesamos y que hasta de
lo más bajo se han aprovechado para seguir disfrutando del derroche y el exceso
de bronceador y tintura capilar.
Ahora que vienen con ese cuento de la austeridad, la de
ellos, porque nosotros somos pobres y no austeros, habrá que darles la triste
noticia de que eso, desafortunadamente, no lo vamos a poder comprar; no porque
no queramos, porque como buenos esclavos sabemos obedecer lo que nos ordenan y
convencernos de que nos gusta. La triste noticia la vamos a tener que dar
porque el mundo se fue a la mierda para darle paso al progreso y,
desafortunadamente, nos hemos quedado sin dinero para comprarles esa austeridad
de la que tanto hablan.
Si nos dicen que se impone la austeridad, estando
acostumbrados y resignados a ella desde hace siglos, tendremos que prepararnos,
como mínimo, para los campos de exterminio.
No siendo más, quedan advertidos.
Nos vemos en las literas al estilo cajonera vestidos de
piyama. Hasta entonces.



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