03. La libertad de elegir


Para la mayoría de nosotros, espero,  está bastante claro que ese cuento de la libertad es imposible.

-¿Cuál cuento?

-Touché

Acepto que la libertad es sólo una tonta palabra.
Lo más cercano a la libertad, es decir, lo más cercano a evadir los trabajos forzados que nos exigen los dueños de nuestra vida, es matarse.
Está claro que ninguno de nosotros se va a matar. No antes, por lo menos, de llevarse a algún individuo considerado digno de acompañarnos.
De todas formas, no busco referirme ni incitar al suicidio por miedo a las represalias que puedan tomar algunos padres de familia.


Nadie les va a dar ese gusto a los que viven de enterrar o cremar muertos; mucho menos, a los que viven de regalarlos a las escuelas de medicina. 

-¿Es que alguien quiere morir?- me diría un típico adicto al azúcar y al humo de autobús.



-No- le diría yo.

- Lo que sí creo es que  hay alguien que quiere que usted se muera.

Nos han quitado...

-¿Quiénes?

Ellos:




A nosotros:


Ellos nos han arrebatado la posibilidad de morir por decisión propia. 
Está muy claro para todos que la decisión, como la libertad, no existe.
Quiero explicar que la libertad de la que hablo no es la misma libertad de la que hablé, o sea, la que pregonan los agentes de escritorio que es la que no existe. Esa libertad, la que tiene que ver con la decisión de qué comprar con el salario (si es que se tiene uno), se la dejo a usted.




La especie humana, inventora de las especies y, por supuesto,  de la tétrica palabra HUMANO,  se ha venido a pensar dueña de un mundo que sólo ha podido nombrar a través de ese insulso sustantivo.
¿Qué es lo que se creen los que quieren cambiar el mundo?



-El mundo no se puede cambiar,  señores. Es tan grande que desaparecemos de la imagen cuando se lo mira desde fuera.

-Es como si las pulgas se sintieran dueñas del perro- diría un estudiante pulgoso de una escuela del tercer mundo.




- En el tercer mundo no hay escuelas para pulgosos a menos que sean perros- le respondería yo.

No entiendo de dónde creyeron que había sartén y que la tenían por el mango. La vida no es como freír un huevo aunque huela parecido.



Somos (y estamos) tan tristes que pensamos que es posible ensuciar el mundo, siendo el mundo el que nos ensució. Se nos metió por la boca, se deslizó a través de nuestras entrañas, se expulsó estreñidamente y alimentó a una hermosa planta transgénica que nos alimenta al desayuno.
No somos libres de nada. Ni siquiera de crear leyes. Las leyes verdaderas no están sometidas a un debate tan bajo como el debate humano.
Que el primer libre, liberado, liberal o neoliberal me diga si es libre de dejar de respirar o de no cortarse las uñas.
Se comprende entonces por qué los autodenominados  seres, tétricamente humanos, tal y como el infante alienado prefiere jugar al monopoly antes que arriesgar sus ahorros en la bolsa,  preferimos... prefieren, enfrentar problemas ficticios para no enfrentar un mundo que no quiere que lo enfrenten por parecerle estúpida toda la idea del enfrentamiento.



¿Cómo se puede enfrentar algo que no tiene frente?
Los ecologistas creen que pueden salvar algo y los que no se preocupan creen que pueden dañar algo.
El mundo no va a dejar de existir por que lo llenen de mierda.
El planeta va a ver cómo se ahogan ustedes y luego se va a secar al sol. Se va a secar al sol y no va a quedar naranja, como ustedes.


Paradójicamente, cuando yo hablo de libertad, estoy acercándome a la ley, a la ley, o las leyes verdaderas. 
Hay una ley, por ejemplo, que dice que si me doy tres martillazos fuertes en la cabeza voy a morir (en el mejor de los casos). Esa es una ley que no  pienso violar aunque usted trate de convencerme.
Si se trata de violar, preferiría violar a la virgen para que deje de ser tan amargada.
Las leyes de las que hablo son de hierro y son más inviolables que Margareth Thatcher, son las leyes de la vida, que es, en efecto, la misma vida que tanto defienden los asesinos pero con un poco más de mugre.
El resto, la democracia, las leyes de los trabajadores, las leyes de propiedad, las leyes que dicen que un policía puede pegarle a uno y las que dicen que uno no puede defenderse, son ilegítimas.
¿Qué tal si los que manejan el control remoto de los policías se rehusaran a ser violentos aunque la gente los provocara?¿No son libres de decidirlo?¿No defienden la libertad?
Todos se llenan la boca con el dichoso contrato social pero yo no vi a nadie firmándolo nunca ¿Quién les dijo que yo quería someterme a las leyes humanas? ¿Es que, según esas leyes, no soy libre de someterme a la ley de la rata o el paramecio?¿Tengo que obedecer esas leyes porque hay una ley al respecto?


Se supone que ese dios en el que creen los dejó ser libres. No entiendo por qué necesitan entonces a alguien que venga ponerse autoritario.

-¿Insinúa que la ley humana va en contra de la ley de dios?- preguntaría el periodista a punto de ser despedido.

-No creo en dios ni en los humanos, amigo, creo en el sueño y el hambre, a menos que no los sienta.

-¿Y a dónde apunta esta reflexión tan insulsa y estéril? ¿En qué parte aparece el supermercado?- diría el  estudiante rebelde.

La reflexión apunta hacia el mismo lugar que apuntaría no tenerla. Ese lugar es el supermercado. Allí se pone a prueba cualquier argumento contra la libertad.
Elijo entre leche descremada y grasas light; elijo y elijo hasta que gasto mi sueldo. Lo único que me da vueltas en la cabeza es que podía haber gastado ese dinero en lo que quisiera pero luego sé que no. No alcanzaría.


¿Qué más quieren entonces?
He estado reflexionando sobre la libertad de ustedes y me quedo bastante preocupado. Yo asumo, sin problema, que no soy libre porque, para mi,  no existe tal cosa. Lo más libre que se puede ser es seguir las leyes de la realidad, pero ustedes... ¿Qué será de ustedes sin su libertad?
Entiendo que ustedes, a diferencia mía, eligieron vivir como viven, trabajar, pagar impuestos, tener identificaciones, besarle el culo a la policía y al jefe y estar cómodos. Por eso les agradezco. Es culpa de ustedes, no mía. Yo no elegí esto.



Tanto hablar de libertad me recordó la leyenda de aquel campo de concentración.
"El trabajo os hará libres"



¿Libres de qué? 
Supongo que de la libertad misma, mis queridos. De la libertad de no trabajar.
Les aconsejo buscar  entonces, ya que están tan cómodos, la definición más próxima de campo de concentración y decirme si prefieren ser libres por las buenas o por las malas.

No se olviden de que tienen toda la libertad de elegir.

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