El día de hoy, con preocupación, me dirijo a ustedes para
denunciar lo que ya ha sido denunciado pero no lo ha sido hasta la saciedad.
-¿Quién es juez o autoridad para decir el punto exacto de la
saciedad?- me dijo una señora que compraba un numero sospechoso de bizcochos en
el supermercado.
¿Cuántos pasteles se supone que debe comer la señora?
Convendremos en que debería llegar viva a la saciedad, para
dejar de hablar de la sociedad que es anónima y aburrida.
Apoyado en un argumento como el que di anteriormente,
desnudo de todo sentido y estilo, me apoyo en el argumento menos propenso a
fallar y afirmo entonces, como cualquier político de pacotilla, que tener
buenos argumentos no es importante para opinar.
-Entendiendo qué tan necesario es lavarse el cerebro, por lo
menos una vez a la semana. Por supuesto, hay que brillar muy bien la superficie cerebral con
papel de diario (preferiblemente de derechas).
Aclaro: pienso cosas así en situaciones de presión social en las
que, al parecer, más que como un ignorante o un desposeído sin acceso a bienes tan
básicos como un receptor de televisión, puedo ser visto por los demás como un
miembro despreciable de la sociedad.
-Es un gasto innecesario de recursos- pienso hacia mis adentros, justificando mi
desidia informativa en un propósito hipócrita de cuidar el planeta que habita
la especie que más odio, o sea, la gente.
-¿Es que nunca han pensado en reutilizar los periódicos? Siempre dan novedades sobre los mismos personajes haciendo
lo mismo- pienso temerosamente mientras busco las tiras cómicas.
Siempre se habla de la vida y de la política pero la vida se
queda ahí, en las tintas y en la televisión. El periódico, como nada, es la vida a medias tintas.
Abrumado por cuánto me aburre estar informado, salgo a
pasear para llenarme los pulmones de humo diesel y premium, como mandan las
leyes contra el consumo de tabaco.
Es entonces que me doy cuenta de que hay algo más grave que
estar informado y atrapado en las redes sociales. Eso es estar atrapado en las
redes sexuales. Digo redes, no porque pretenda hablar mal del sexo (actividad saludable a menos que se practique de la manera equivocada que es,
por supuesto, la correcta, tradicional y cristiana). Lo digo porque el sexo, ingenuo y lleno de mojigatería, puede terminar en patologías tan
perjudiciales como el embarazo.
Cuando salgo a pasear, veo una cantidad de embarazos alarmante. No me
explico bajo qué clase de criterio irresponsable, un par de jovenzuelos menos
informados que yo tienen el derecho, he dicho EL DERECHO, de determinar el
futuro de una criatura inocente que no pidió nacer y que agradecerá el haber
nacido, despreciando a su madre verdadera, la muerte, por honrar a quien arbitrariamente le impuso el DEBER de la vida.
No nacer debería ser una libertad como también morir cuando
uno lo decide.
-"Morir no es un delito"- dije entre comillas.
Se preocupan demasiado por la vida, sobre todo, por la propia. Se preocupan demasiado por convencernos de que la vida de ellos es
un regalo porque se están burlando de nosotros aunque, al final, pierdan su vida preocupándose.
Estamos obligados a
estar vivos, no felices o limpios. A los muertos no los pueden asustar ni
obligarlos a comprar productos para adelgazar ¿O sí?
La ciencia, definitivamente, se ha comportado como la mejor amiga de la estupidez.
Por otro lado, la muerte sólo se da a quien no la quiere o no la busca, como la vida. Todo
se recibe a manera de castigo: la vida y la muerte. Así lo quiso dios. Toda la vida nos cuentan historias de terror sobre la muerte
para que no vivamos ni muramos en paz. Ni los suicidas mueren plenamente. Hay demasiado drama, demasiados lloriqueos...
-Descansando en paz, viendo televisión en paz, es como debería estar ahora- pienso
cuando camino, ahogado en humo negro.
La vida y la información están en la televisión. En la vida sólo hay humo de automóvil y viejas comiendo bizcochos.
Ahora saben, por ejemplo, que los celulares producen cáncer ¿Quién lo sabe? No sé pero por algo tenían que llamarse así: celulares. Informados o no, nadie botó el suyo a la basura.
El dato
alegre de todo esto es que las ondas electromagnéticas están tan cerca de la
pelvis, pedestal de computadoras portátiles y receptáculo de desperdicios
derivados de la telefonía celular, que lograrán cambiar paulatinamente el
aparato reproductor por una central de comunicaciones u antena repetidora.
¿A quién le importa tener un tumor en el cerebro? Nadie
tiene cabeza para pensar en eso cuando hay que pagar por los servicios que uno,
por supuesto, debe prestarles a las empresas prestadoras de servicios.
Todos tenemos cáncer, sin ninguna duda, además de los ojos
cansados de leer pantallas luminosas. Lo bueno, como decía, es que eso logró
que paulatinamente se esterilice a la gente con su consentimiento, a través de la necesidad de estar disponibles en todo
momento. Luego dirán que no quieren procrear, o que sí. A fin de cuentas ¿ qué es peor para la
humanidad?
- Yo diría que, según lo que dice, lo peor es la humanidad misma - respondió la vieja de
los bizcochos.
El tema que seguramente, debido a que toda filosofía
de supermercado tiene que aparentar un tono críptico y profundo, ha quedado
confundido entre semejante maraña de desinformación, es que hay una parte
mayoritaria de la tribu urbana que se hace llamar la sociedad que está
completamente en contra de eso que los optimistas llaman dignidad.
-Un suicida debería ir a la cárcel. Por lo menos para que
allí tenga motivos para matarse- masticó la señora.
El suicida, como quien es obligado a vivir, es empujado
hacia la imposibilidad de tener algún tipo de dignidad.
Es cierto que existe todo ese discurso que trata de
dignificar lo que uno no quisiera hacer. El trabajo ajeno dignifica. De eso podemos extraer que la dignidad es posible
cuando uno es puesto en el lugar del indignado. Solo es digno aquel que ha
perdido su dignidad.
Cristianamente, los indignos se indignan y los humildes se
humillan.
Es así que la muerte se declara un delito. La propia muerte y la de
los demás, por supuesto.
La muerte es, claramente, un delito contra la propiedad
porque nadie tiene derecho a quitarle la vida a los esclavos que somos todos a menos, claro, que sea el amo quien tome la decisión.
-¿Comeríamos con el mismo placer un corte de una
vaca suicida?- fue una pregunta que me quitó el sueño.
El placer de la carne está en que uno se come a alguien que
no quiere morir ¿no es así?
¿Por qué no alimentarse entonces de abortos y suicidas?
Apuesto a que la mayoría de los que se asquean con mi no tan modesta propuesta, no desprecian una
salchicha.
Siendo sinceros, esa sería una buena forma de acabar con los
pobres, perdón, con la pobreza. Habría que comérselos, digo, comérsela. Matarlos en cacería, digo, matarla como hace la realeza, y
comérselos.
Tendría que ser antes de que se coman a la clase
media y a los ricos que viven en Mónaco porque son unos salvajes caníbales y no merecen vivir.
Los amantes de la vida cocinarían muy
bien la carne, limpiándola de impurezas y bacterias.
Estando informados peleamos por la vida mientras se la
entregamos a estar informados, a la información. La vida no es un regalo,
cuesta y es cara.
La vida es una obligación y se necesita la vida entera para
pagarla. La vida está hipotecada desde el origen. La perdimos o nunca la tuvimos. Como sea, es imposible de recuperar, a diferencia
de la muerte.
Por la imposibilidad de una vida y una muerte dignas, a este
paso, la muerte es la única posibilidad de resistencia que queda... por lo
menos hasta que la patente Monsanto y haya que pagar por ella. Ya vendrá el
genio que quiera cobrarla, viendo que se está usando tanto.
Lo único que nos consuela es que la vida, tanto como la muerte, es un delito en el que es imposible reincidir.







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