01. El don de la vida y el condón de la muerte


El día de hoy, con preocupación, me dirijo a ustedes para denunciar lo que ya ha sido denunciado pero no lo ha sido hasta la saciedad.

-¿Quién es juez o autoridad para decir el punto exacto de la saciedad?- me dijo una señora que compraba un numero sospechoso de bizcochos en el supermercado.

¿Cuántos pasteles se supone que debe comer la señora?


Convendremos en que debería llegar viva a la saciedad, para dejar de hablar de la sociedad que es anónima y aburrida.
Apoyado en un argumento como el que di anteriormente, desnudo de todo sentido y estilo, me apoyo en el argumento menos propenso a fallar y afirmo entonces, como cualquier político de pacotilla, que tener buenos argumentos no es importante para opinar.

-Entendiendo qué tan necesario es lavarse el cerebro, por lo menos una vez a la semana. Por supuesto, hay que brillar muy bien la superficie cerebral con papel de diario (preferiblemente de derechas).

Aclaro: pienso cosas así en situaciones de presión social en las que, al parecer, más que como un ignorante o un desposeído sin acceso a bienes tan básicos como un receptor de televisión, puedo ser visto por los demás como un miembro despreciable de la sociedad.

-Es un gasto innecesario de recursos- pienso  hacia mis adentros, justificando mi desidia informativa en un propósito hipócrita de cuidar el planeta que habita la especie que más odio, o sea, la gente.

-¿Es que nunca han pensado en reutilizar los periódicos? Siempre dan novedades sobre los mismos personajes haciendo lo mismo- pienso temerosamente mientras busco las tiras cómicas.

Siempre se habla de la vida y de la política pero la vida se queda ahí, en las tintas y en la televisión. El periódico, como nada, es la vida a medias tintas.
Abrumado por cuánto me aburre estar informado, salgo a pasear para llenarme los pulmones de humo diesel y premium, como mandan las leyes contra el consumo de tabaco.
Es entonces que me doy cuenta de que hay algo más grave que estar informado y atrapado en las redes sociales. Eso es estar atrapado en las redes sexuales. Digo redes, no porque pretenda hablar mal del sexo (actividad saludable a menos que se practique de la manera equivocada que es, por supuesto, la correcta, tradicional y cristiana). Lo digo porque el sexo, ingenuo y lleno de mojigatería, puede terminar en patologías tan perjudiciales como el embarazo. 


Cuando salgo a pasear, veo una cantidad de embarazos alarmante. No me explico bajo qué clase de criterio irresponsable, un par de jovenzuelos menos informados que yo tienen el derecho, he dicho EL DERECHO, de determinar el futuro de una criatura inocente que no pidió nacer y que agradecerá el haber nacido, despreciando a su madre verdadera, la muerte, por honrar a quien arbitrariamente le impuso el DEBER de la vida.
No nacer debería ser una libertad como también morir cuando uno lo decide.

-"Morir no es un delito"- dije entre comillas.

Se preocupan demasiado por la vida, sobre todo, por la propia. Se preocupan demasiado por convencernos de que la vida de ellos es un regalo porque se están burlando de nosotros aunque, al final, pierdan su vida preocupándose.


Estamos obligados a estar vivos, no felices o limpios. A los muertos no los pueden asustar ni obligarlos a comprar productos para adelgazar ¿O sí? 
La ciencia, definitivamente, se ha comportado como la mejor amiga de la estupidez.



Por otro lado, la muerte sólo se da a quien no la quiere o no la busca, como la vida. Todo se recibe a manera de castigo: la vida y la muerte. Así lo quiso dios. Toda la vida nos cuentan historias de terror sobre la muerte para que no vivamos ni muramos en paz. Ni los suicidas mueren plenamente. Hay demasiado drama, demasiados lloriqueos... 

-Descansando en paz, viendo televisión en paz, es como debería estar ahora- pienso cuando camino, ahogado en humo negro.

La vida y la información están en la televisión. En la vida sólo hay humo de automóvil y viejas comiendo bizcochos. 
Ahora saben, por ejemplo, que los celulares producen cáncer ¿Quién lo sabe? No sé pero por algo tenían que llamarse así: celulares. Informados o no, nadie botó el suyo a la basura. 
El dato alegre de todo esto es que las ondas electromagnéticas están tan cerca de la pelvis, pedestal de computadoras portátiles y receptáculo de desperdicios derivados de la telefonía celular, que lograrán cambiar paulatinamente el aparato reproductor por una central de comunicaciones u antena repetidora.
¿A quién le importa tener un tumor en el cerebro? Nadie tiene cabeza para pensar en eso cuando hay que pagar por los servicios que uno, por supuesto, debe prestarles a las empresas prestadoras de servicios.


Todos tenemos cáncer, sin ninguna duda, además de los ojos cansados de leer pantallas luminosas. Lo bueno, como decía, es que eso logró que paulatinamente se  esterilice a la gente con su consentimiento, a través de la necesidad de estar disponibles en todo momento. Luego dirán que no quieren procrear, o que sí. A fin de cuentas ¿ qué es peor para la humanidad?

- Yo diría que, según lo que dice, lo peor es la humanidad misma - respondió la vieja de los bizcochos.


El tema que seguramente, debido a que toda filosofía de supermercado tiene que aparentar un tono críptico y profundo, ha quedado confundido entre semejante maraña de desinformación, es que hay una parte mayoritaria de la tribu urbana que se hace llamar la sociedad que está completamente en contra de eso que los optimistas llaman dignidad.

-Un suicida debería ir a la cárcel. Por lo menos para que allí tenga motivos para matarse- masticó la señora.

El suicida, como quien es obligado a vivir, es empujado hacia la imposibilidad de tener algún tipo de dignidad.
Es cierto que existe todo ese discurso que trata de dignificar lo que uno no quisiera hacer. El trabajo ajeno dignifica. De eso podemos extraer que la dignidad es posible cuando uno es puesto en el lugar del indignado. Solo es digno aquel que ha perdido su dignidad.
Cristianamente, los indignos se indignan y los humildes se humillan.


Es así que la muerte se declara un delito. La propia muerte y la de los demás, por supuesto.
La muerte es, claramente, un delito contra la propiedad porque nadie tiene derecho a quitarle la vida a los esclavos que somos todos a menos, claro, que sea el amo quien tome la decisión.

-¿Comeríamos con el mismo placer un corte de una vaca suicida?- fue una pregunta que me quitó el sueño. 

El placer de la carne está en que uno se come a alguien que no quiere morir ¿no es así?
¿Por qué no alimentarse entonces de abortos y suicidas?
Apuesto a que la mayoría de los que se asquean con mi no tan modesta propuesta, no desprecian una salchicha.
Siendo sinceros, esa sería una buena forma de acabar con los pobres, perdón, con la pobreza. Habría que comérselos, digo, comérsela. Matarlos en cacería, digo, matarla como hace la realeza, y comérselos.
Tendría que ser antes de que se coman a la clase media y a los ricos que viven en Mónaco porque son unos salvajes caníbales y no merecen vivir.
Los amantes de la vida cocinarían muy bien la carne, limpiándola de impurezas y bacterias. 


Estando informados peleamos por la vida mientras se la entregamos a estar informados, a la información. La vida no es un regalo, cuesta y es cara. 
La vida es una obligación y se necesita la vida entera para pagarla. La vida está hipotecada desde el origen. La perdimos o nunca la tuvimos. Como sea, es imposible de recuperar, a diferencia de la muerte.
Por la imposibilidad de una vida y una muerte dignas, a este paso, la muerte es la única posibilidad de resistencia que queda... por lo menos hasta que la patente Monsanto y haya que pagar por ella. Ya vendrá el genio que quiera cobrarla, viendo que se está usando tanto.
Lo único que nos consuela es que la vida, tanto como la muerte,  es un delito en el que es imposible reincidir.

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